DOMINGO:
Gus por mensajito, muy tecnologizado: Estamos en Playa Larga y ya está lista la lancha.
Ya subidos en el coche, Armando pregunta a una transeúnte claramente local, las direcciones hacia nuestro punto de embarque. Con tono coloquial y muy amable nos dice -“Sigan tooodo derecho, hasta un letrero que dice Playa Larga y ahí a la derecha van a llegar a un lugar… bien bonito!”
Llegamos al estacionamiento de la prometedora “Playa Larga” en donde ya se encontraban desempacando la camioneta nuestros guías y compañeros de la aventura que estaba por arrancar. Con risas, bromas y chacoteo, preparamos todo el equipo para bajar a la embarcación. El lugar distaba mucho de ser “playa” y otro tanto de ser “larga”, pero cumplía con todo para darnos paso al agua.
Una vez listos, Lourdes nuestra “Dive Master” nos regaló un briefing que revelaba un buen rato de investigación sobre la iglesia que íbamos a explorar. Nos presentó un mapa de la estructura inundada que incluía todos los detalles para la navegación con brújula.
“Ja!” Pensé engreídamente… “soy practicante de Dive Master y no necesito de tanta cosa para entrar solamente a un campanario!”
“Un metro y medio de visibilidad” fue el dato que le dio el guía local a nuestra Dive Master, agregando “hoy está muy bien”.
Uff!! En ese momento empecé a sospechar que sería bueno tener las referencias claras y memorizar las coordenadas para navegar por instrumentos, sin embargo confié en la sabiduría de mi experimentado buddy, quien siendo también mi pareja sentimental procuraría por mi… ja!
Ya en la lancha nos alistamos para tocar el agua. Cual principiante, me puse todo mi ajuar para que no me diera frío como me suele suceder. Quedaba claro que no había tocado el agua del lago de Tequesquitengo en muchísimos años! Al entrar, la sensación fue de ser un embutido en olla para fabada.
El grupo lo formábamos tres parejas, hasta ese momento todos convencidos de ser buceadores experimentados. Nos organizamos para ir bajando de dos en dos con 8 minutos de diferencia, con el fin de no amontonarnos en el campanario. Armando y yo fuimos los últimos, siguiendo a nuestros líderes quienes iban detrás de nuestra Dive Master y su Buddy Luis José...
Unos minutos antes de dar el paso al agua, vimos salir a Gus buscando a su pareja. Se habían perdido en los primeros metros. “No se ve nada!” fue su comentario seguido de un sabio consejo: “no se separen para nada que la visibilidad es nula”
Fue en ese momento en el que empecé a pensar que en verdad sería un buceo técnico referente a la navegación, y empecé a arrepentirme de no haber tomado notas en el briefing sobre el mapeo y las referencias.
Bajando por el cabo, fueron cinco segundos los que me tardé en darme un golpe en la frente con el campanario. En ningún momento lo vi acercarse entre las partículas suspendidas en el agua y todo aquello que formaba una especie de caldo tlalpeño. Empezaba sin duda la aventura.
Con suerte, nos encontramos a Gus a modo de comité de recepción en lo alto del campanario, ofreciéndonos amablemente (más adelante entendí que realmente no había sacrificado mucho), el mapeo que había trazado Lú en su tabla.
Armando sería el encargado de la brújula. Entramos al campanario logrando ver a un metro y medio, como bien había pronosticado el guía local. La maravilla de visitar una iglesia sumergida, más con el tacto que con la vista, me emocionó enormemente llevándome incluso a experimentar la sensación de ser una exploradora en las profundidades de un océano no visitado por el hombre contemporáneo, y descubriendo unas ruinas del siglo XVII. Por momentos me llegaban golpes de realidad a manera de pestilencia sulfurosa que me recordaban estar en un lago muy transitado por esquiadores, bañistas y variados visitantes, a apenas 10 metros de profundidad.
Una vez admirado el campanario de la iglesia, Armando tomó la brújula para guiarnos, de una forma muy convincente. Un par de metros más adelante, el caldo tlalpeño se fue convirtiendo en una taza de chocolate lechoso, mal agitada. Mi sensación de exploradora científica empezó a invadirme una vez más; lograba ver con dificultad mi computadora por lo que decidí agarrarme de mi guía para no perderlo, pues me costaba trabajo incluso saber que estaba a mi lado si no lo confirmaba con el tacto. La densidad del agua cambiaba drásticamente de un centímetro de profundidad a otro. El chocolate más denso daba mayor temperatura al agua y en algunas corrientes poco menos densas, se dejaba entrever una ligera luz que le daba una tonalidad mas clara al chocolate bajando ligeramente la temperatura.
Ahí, sin ninguna referencia y apenas la luz suficiente para ver las capas del chocolate que nos invadía, me sentí como astronauta perdida en un planeta en donde había que hacerse espacio entre las masas para moverse. Al notar que Armando iba con la brújula colgando bajo el brazo (imagen que medio adivinaba en las zonas menos turbias), empecé a sospechar que navegábamos sin rumbo fijo. Yo le recordaba, como pareja jodona, dive master responsable y buddy perdida, que retomara la brújula para tratar de llegar a la segunda construcción que incluía el recorrido. Ante mi petición sin sentido, él solamente alineaba la brújula ante sus ojos a mi sentir dándome “atole” (en este caso de chocolate) con el dedo, lo cual negó con risas ya en superficie.
De repente, siento un objeto grande y sólido rosar mi brazo. Al mostrárselo a Armando, su cara de emoción y orgullo no se dejaron ocultar al creer que había logrado llevarnos al objetivo. Sin embargo, al voltear la cara nos encontramos con la rama de un árbol seco de gran tamaño que nos desengañó de la idea de haber conquistado la meta. Bajamos un poco más a analizarlo y de pronto el viaje me transportó a una noche obscura, en un bosque encantado en el cual yo volaba entre los árboles que se hacían pasar por muertos, pero que en cualquier momento moverían sus ramas buscando alcanzarnos y bailar al son de una marea ausente… en pocos segundos nos encontrábamos una vez más en el “café” pues no podría decir en este caso “azul”: ninguna referencia. El olor a azufre una vez más me daba golpes de realidad.
Finalmente entendimos que no llegaríamos en poco tiempo a nuestro objetivo, por lo que decidimos subir a superficie y terminar el viaje náutico-arqueológico-espac ial y fantástico.
Perdida en las natas del lago de Tequesquitengo viví una experiencia inigualable. “Un buceo en chocolate no se hace todos los días” y verdaderamente me llenó de distintas emociones: Adrenalina cual arqueóloga atrevida por explorar una bellísima iglesia del año 1600 aprox, sumergida y abrazada de una densidad de agua que nunca había experimentado anteriormente; emoción de no tener idea de lo que me podría encontrar y el nervio de volver a chocar contra algún objeto. Conmovida de saberme con mi pareja perdidos en esta densidad e inmensidad limitada por poquísimos centímetros de visibilidad. Y más aún de confiar plenamente el uno en el otro, tomados de los brazos. Feliz como niña bromeando con ruidos e interpretando la melodía de Twilight zone”, bailoteando juntos de emoción en la parada de seguridad y saliendo al unísono no tan lejos de la embarcación como hubiera imaginado que sería. Compartiendo la experiencia tan íntimamente, que formamos una sola burbuja de aire al mantenernos tan pegados el uno al otro. Un viaje por el mundo fantástico de historia en historia… Todo esto hizo de Teques un momento único.
Ya en la lancha de regreso, Gus concluye: “Ya puedes decir que buceaste Teques”.
Yo más bien diría “Teques, al limitarme la visibilidad, me dio la oportunidad de abrir los ojos más allá de lo evidente… y así poder vivir más que un simple buceo, un viaje mágico de la imaginación”
Una vez más, GRACIAS México Azul!!
Karla Pérez-Gil
Julio 2009
18 AÑOS FORMANDO BUZOS!
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